siempre faltan;
o son demasiados, y todos ellos no conducen;
a veces, tales hechos simplemente no existen, porque la terquedad humana y el prejuicio son una fuerza terrible que nada puede sacudir (como en la canción popular, «tú eres mi palabra, yo soy esos dos»).
¿Te preguntas qué hacer? ¡Por supuesto, improvisar!
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2. Saber cuándo polemizar y cuándo irse. Antes de comenzar una discusión, piense bien si el momento y el lugar son apropiados.
Esta afirmación está en el espíritu del famoso dicho bíblico de que hay «tiempo para tirar piedras y tiempo para recoger piedras», y es difícil estar en desacuerdo con ella.
Sin embargo, hay casos en que las circunstancias, independientemente de nuestro deseo y evaluación de la situación, no dejan elección, y uno tiene que actuar no a voluntad, sino como se llama, «por deseo de Lucio»: polemizar cuando no valga la pena hacerlo, e irse cuando quiera continuar la discusión.
3. Qué y cómo hablar. Tómese el tiempo para pensar cómo presentar sus argumentos. Su persuasión estará influenciada por el lenguaje corporal, la elección de palabras y la forma de hablar.
El carisma del orador, su confianza en su rectitud, real o imaginaria, las emociones que irradia son casi más importantes en el arte de la discusión que los argumentos y hechos presentados. El orador debe comprender bien lo que la gente espera de él y lo que puede tener un efecto sobre ellos.